La gente se hace una idea de una web antes de leer una sola palabra. El color hace casi todo ese trabajo, y por eso merece una decisión y no una preferencia.
Hay tres cosas que conviene acertar.
- El color es lo que hace reconocible una marca. Un color constante, usado en todas partes, hace más por el reconocimiento que un logotipo. Una imagen entra de golpe; leer lleva tiempo de verdad.
- La primera impresión ocurre antes de que nadie lea. Quien entra juzga la página en el momento en que aparece, y el color es lo primero que llega. Si falla, el texto pelea cuesta arriba.
- Decide qué quieres que sienta la gente. El azul se lee como calma y fiabilidad, el verde como natural, y por eso está en todas las etiquetas ecológicas del súper. Elige por la sensación que buscas, no por la que te gusta a ti.
En la práctica
Menos colores de los que crees. Uno principal, uno de acento y una escala de grises. Una paleta corta parece decidida. Una amplia parece que no decidió nadie.
Mide el contraste, no la vibra. El texto tiene que leerse con el brazo estirado, en un móvil, a plena luz. Eso es medible, no es cuestión de gusto, y además es un requisito de accesibilidad.
Deja que el significado trabaje. Si la asociación es obvia para tu cliente, úsala. El verde para productos naturales es un tópico porque funciona.
Donde esto suele torcerse no es en la paleta. Es en usarla de forma inconsistente, de modo que la web parece de tres empresas distintas. Elige los colores una vez, apúntalos y úsalos en todo.
Si prefieres que decida otro, lo hacemos en cada proyecto.





