Una portada tiene un solo trabajo. Decirle a un desconocido qué haces, demostrar que sabes hacerlo y darle un sitio al que ir después. Casi todo lo demás es decoración.
Cuatro elementos hacen ese trabajo.
- Una promesa clara. Qué haces y para quién, en la primera frase que leen. No un eslogan, una frase. Si en unos segundos alguien no sabe si está en el sitio correcto, se va, y todo lo que hay más abajo se desperdicia.
- Una imagen que signifique algo. La foto de arriba hace el mismo trabajo que el titular. Una foto del trabajo real gana a una de banco de imágenes con un apretón de manos, siempre.
- Una prueba que no venga de ti. Una reseña, el nombre de un cliente, un caso. La gente cree antes a otros clientes que a tu texto. La investigación de BrightLocal sitúa al comprador medio en diez reseñas leídas antes de fiarse de una empresa.
- Un siguiente paso evidente. Un botón que diga qué pasa al pulsarlo. "Reserva una llamada" gana a "Más información", porque uno de los dos te dice lo que vas a recibir.
Dónde suelen fallar las portadas
No por faltarles un elemento. Por tenerlos los cuatro y enterrarlos: la promesa debajo de un carrusel, la prueba a tres pantallas de distancia, el botón compitiendo con otros seis.
El orden importa tanto como la presencia. Promesa, imagen, prueba y acción, en ese orden, arriba y justo debajo del primer pantallazo.
La prueba
Enseña tu portada a alguien que no haya oído hablar de tu empresa. Dale cinco segundos, quítasela y pregúntale qué haces y qué pulsaría.
Si no sabe responder a las dos cosas, el problema no es el tráfico.
Rehacemos portadas por un precio cerrado, y esa prueba es lo primero que hacemos.





